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Nuestro eterno presente

Mientras el viento susurra mi piel, y una pequeña felina surca los muebles, el boceto de una historia comienza a dibujarse en mi mente. De pequeña solía creer en la existencia del hilo rojo, aquel que une a dos seres incluso antes de reconocerse a sí mismos. Imaginaba que en el extremo opuesto encontraría a alguien destinado a comprender mis silencios, a descifrar los gestos que reflejan aquello que mis labios no se atreven a nombrar. Incluso llegue a pensar que existiría alguien capaz de comprender y aceptar esas manías que engloban todo lo que soy en realidad, más allá de ropajes y de apariencias. En la medida que los años transcurrían y la madurez se asentaba, se apoderaba de mí una incertidumbre que consumía mis esperanzas. La duda habitó en mí durante largo tiempo, hasta que dejé de intentar descifrarla. Después de atravesar amores que fueron apenas destellos —intensos, deslumbrantes y breves como estrellas fugaces— opté por pensar que, si el hilo rojo existía, tal vez no es...

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