Todos los disfraces fueron arrancados
"De los bienes que la sabiduría procura para la felicidad de una vida entera, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad".- Epicuro, Máxima Capital 27
Hay presencias que envuelven, que desnudan y que, sin pensarlo, se convierten en parte esencial de nuestras vidas. Como si de un riachuelo se tratase, se abren paso entre la pradera de la vida y destacan entre la multitud. Son seres que no requieren etiquetas, pero que muchos llaman amigos, cómplices, hermanos: yo prefiero denominarlos aliados.
No hay persona que cante a nuestro mismo unísono. Todos somos como un pequeño universo, con vivencias, sueños y voluntad. Sin embargo, habrá algunos que de forma excepcional lograrán hacerse un lugar en nuestro corazón para siempre. Así, nos acercamos a aquella eternidad que tanto anhelamos los seres humanos, los mismos que vivimos obsesionados con lo efímero y relativo del tiempo.
¿Qué hace tan especial a estas personas? Haciendo una analogía con El Principito -Le Petit Prince- esos seres son nuestras rosas. Bajo nuestros ojos son únicas e irremplazables. El zorro atribuía ese deseo a las experiencias compartidas. "Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante", le decía el zorro al principito. Pero ¿Acaso es suficiente el tiempo? ¿Si fuera así por qué no es posible conectar de la misma forma con todas las personas?
Tal vez la respuesta está también en el zorro, mi personaje favorito del libro de Antoine de Saint Exupery. En un diálogo que sostiene con el principito, el zorro expresa una frase que pasó a la posteridad: "Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos". Hay esencias que embelesan y con las que es fácil encajar, son personas con las que todas las mascaras se derrumban, con las que no es necesario levantar una muralla, son personas con las que tienes la libertad de ser tú mismo.
Al lado de estos seres las islas se disipan y se tienden puentes inquebrantables, el silencio no es incómodo, el miedo se dispersa, lo simple no es aburrido, los mensajes entre líneas se vuelven fácilmente descifrables, y los deseos más nobles de desinterés se manifiestan.
Solo vida brota de esos lazos, una sensación de serenidad y complicidad difícil de trasladar y limitar en palabras. Es como un canto que poco a poco empieza a ser escuchado, y un murmullo que sutilmente te dice que no hay nada que temer, que ambos estarán para el otro. Siempre.

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